La noria del hámster

“Quiero despertar y no sentir ese peso que condiciona mi día a día. No puede ser tan difícil vivir”.

Cuando escuchamos a un joven de 17 años decir estas palabras entendemos que algo está fallando. En su clase de segundo de bachiller todo el mundo sabe quién triunfará en la vida y quién no. Triunfar en la vida…, triunfar en la vida desde el punto de vista de quién. ¿Quién ha establecido las normas de lo que es triunfar y lo que no lo es?, ¿Quién define las reglas de lo normal y lo anormal? El peligro reside en apartar lo que la convención social considera fuera de las pautas de la normalidad.

Cuando el profesor recita las notas de la segunda evaluación en alto, empieza ese carrusel de risas, codazos y comentarios que, aunque sin aparente maldad, va minando la autoestima y tirando por tierra las pocas ganas de seguir adelante que a esas alturas sostienen a Juanjo.

Un 4,3 en el examen después del esfuerzo realizado… Solo piensa en sus padres, en que los está defraudando. Sabe que le caerá una bronca, pero en su cabeza solo una imagen: la de sus padres enfadados y comentando en bajo ¿Qué vamos a hacer con este chico?

Un chaval de 17 años no puede plantearse si la vida merece la pena o no. Nacidos para competir, para ocupar el puesto de otro, para sentirse reconocido y “triunfar en la vida”.

Si aguantas, si resistes, es una etapa de tu vida que pasará”. Una afirmación indeseable, conformista y malvada. Hay cosas que no tienen que pasar, que nunca deben darse. Es semilla de infelicidad y una marca para toda la vida.

Juanjo no consiguió la nota suficiente para hacer lo que más deseaba en la vida, estudiar Biología. Sus padres no pudieron costear una universidad privada y optó por hacer un grado superior en Salud Medioambiental. Desde la distancia, Juanjo se da por satisfecho. Ha aprendido a conformarse. Trabaja en una empresa como técnico de medioambiente, tiene un sueldo que, aunque no es muy elevado, le permite mantener una casa y una familia.

Sus padres están orgullosos de la educación y dedicación de Juanjo. Lo definen como un luchador, una persona que ha sabido sobreponerse a las adversidades y ha sacado a su familia adelante. Sin embargo, si le preguntas si es feliz, no sabe contestar. Ya ha olvidado su sueño y se ha unido a ese colectivo que pasa por la vida sin haberla vivido. Ahora es padre y quiere lo mejor para sus hijos.

Su discurso es siempre el mismo. Mis hijos deben de sacrificarse y estudiar para que no les pase lo que a mí, y tienen que entender que las cosas no se regalan. Si tú no te esfuerzas lo suficiente vendrá otro que lo hará mejor y te quitará el puesto. Tienen que estar espabilados.

Pedro es el hijo mayor de Juanjo. Tiene 17 años y se siente solo. Lo pasa mal en el instituto, sobre todo cuando el profesor lee las notas en voz alta y hay una mofa generalizada. Se levanta por las mañanas y se pregunta por qué es todo tan difícil.

Pedro tiene un sueño, trabajar como músico. Sin embargo y si las notas globales se lo permiten, estudiará Biología. Sus padres se han sacrificado toda la vida para darle una educación y no piensa defraudarles. La música es un sueño que no le dará de comer y debe apostar por algo real, algo que al menos, le ofrezca una salida profesional digna.

“A veces me fijo en el hámster correr en la rueda de su jaula. Corre tan deprisa que la rueda parece no girar. Cuando el hámster para, cansado, se da cuenta que está en el mismo sitio que cuando empezó a correr. Se baja, come, bebe y se queda dormido”

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